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Dismaland no lo ha conseguido

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En Weston-super-Mare estuvo situado Dismaland las 5 semanas que tuvo de vida. No ha sido un parque temático al uso, fue una enorme exposición de artistas provenientes del Arte Urbano ironizando hasta el extremo con la temática de Disneyland. Como no podía ser de otra manera, la sombra de Banksy se encontraba detrás de todo el artificio. Os ofrecemos un relato en primera persona sobre la última propuesta del artista forjado en las calles de Bristol. Por Laura G.N.

Después de siete horas de viaje (el camino más barato siempre será el más largo) llego sin entrada pero con la esperanza de comprar una. Dos horas y media de cola después, al fin toco la taquilla, me atiende un hombre muy desagradable cuya función es recoger el dinero y burlarse de las personas que atiende. Atravieso el Control de Seguridad, hay un chico al que retienen aleatoriamente y hacen mirar hacia una cámara de vigilancia para hacerle una foto. Paso por el arco de seguridad. Esta es la primera instalación. TODO es de cartón: desde la gorra de los Agentes de Seguridad hasta los guantes, el arco de detención de metales, sillas, armas, ordenadores… incluida la cámara donde tiene que mirar el chico. Una vez dentro, un empleado me tira al suelo (antes de que pueda cogerlo) un tríptico del mapa del parque dibujado. Miro hacia atrás: el mismo empleado mira fijamente a la cara al siguiente visitante, arruga el panfleto y se lo da hecho una bola. Más tarde, sentada mientras comía un kebab vegano (la única comida que vendían en todo el recinto) contemplé la situación de una señora de unos 50 años queriendo conseguir uno de los mapas. Al principio pidiéndoselo educadamente, luego exigiéndoselo y, por último (y para mi asombro), literalmente forcejeando con el empleado que no lo soltaba de ninguna de las maneras. Realmente banksyniano.

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Miro al frente y lo que veo es indescriptible: dos camiones haciendo ballet, una fuente destruida, una Sirenita con glitch, un castillo perfectamente reconocible destruido, un banco para sentarse enorme con un  loop a lo Hot Wheels, un tiovivo, una noria que no debería ser apta para montarse (y que por supuesto funciona), un camión antidisturbios en una charca verde con chorro de agua y tobogán y un castillo de arena gigante con molinillo incluido. Todo esto aderezado con el hilo musical constante de típica música hawaiana (que tenemos en el imaginario colectivo no sé muy bien por qué).

Giro a mi derecha para entrar en la primera galería que encuentro. En este pasillo se acumulan obras de diferentes artistas de países europeos, de Oriente Próximo y Estados Unidos (incluyendo Palestina, aunque no salga en el mapa). También hay dos representaciones españolas en la colección Paco Pomet y Escif. La primera estancia está completamente a oscuras y las obras se van encendiendo a diferentes tiempos. “Si vives con simpleza no hay nada de lo que preocuparse” y “La absoluta sumisión puede ser una forma de libertad”, dos mensajes que aparecen en sendas pantallas luminosas de las que se usan para anunciar obras y retrasos en la carretera. La muerte en un coche de choque con luces de colores y con la canción Staying Alive dando tumbos por un “escenario”. Una proyección de un smiley descompuesto que no logra colocar sus tres elementos, una “plantación” de los ramilletes verdes de las cajas de congelados o un bebé en posición fetal lleno de marcas de empresas dando vueltas dentro de una máquina expendedora son ejemplos de los que puedo ver a lo largo de este espacio.

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Saliendo de esta estancia voy en dirección a otra sala muy bien iluminada en la que se pueden ver paredes llenas de cuadros de diferentes técnicas, estilos y tamaños. La zona central del ancho pasillo está destinada a las obras-instalaciones, donde hay una que me llama la atención: un hongo radiactivo con una pequeña ventana arriba y una escalera para subir hasta ella. Lo bonita que es y lo que sabemos que representa choca en la mente tan fuerte como la hiperrealista serpiente enorme digiriendo a un famoso ratón. Mención especial merecen las obras de Severija, una artista lituana que cose antiguos patrones de punto de cruz en objetos de la postguerra, ya sean botes de agua, cubre planchas o coches. Uno de los cuadros que me sobrecoge especialmente es uno en el que aparecen cuatro sombras de niños jugando en una playa al atardecer con un balón. Amir Schiby es un artista israelí que quiso rendir tributo a los niños que viven en zonas de guerra, representados por los 4 niños palestinos asesinados en los últimos bombardeos en Gaza.

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La última estancia alberga una gigantesca maqueta de una ciudad nocturna congelada justo después de un enorme periodo de disturbios civiles. Hay 3000 policías antidisturbios por toda la ciudad modificados uno a uno envueltos en diferentes escenas a lo largo y ancho de la misma.

Cuando salgo a la luz del sol me encuentro a muchas personas sentadas en sillas playeras mirando hacia un escenario donde se proyectan una selección de 22 cortometrajes ininterrumpidamente. Continúo mirando a mi alrededor para toparme con la obra más dolorosa a mi parecer: tres pateras teledirigidas llenas de inmigrantes que puedes controlar por one pound. No se pueden llevar a ningún lado, ya que no hay “tierra”: solo un faro se erige en toda la zona de agua. Por si no es espeluznante de por sí, también hay algunas maquetas de personas ahogadas. Estoy un rato en aquel lugar y curiosamente es la única atracción con la que nadie juega.

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Veo a una mujer atacada por gaviotas, rodeo un precioso tiovivo presidido por un carnicero preparado para cortar el vientre de uno de los caballos de madera que forman el carrusel . Doy la vuelta y veo el “atrapa al patito de feria”, todos ellos nadando en crudo al igual que el gran pelícano del centro, Hook a duck from de muck. Gran golpe de efecto.

Entro en la carpa circense “El sueño de la razón” en la que hay terroríficas obras que muestran un surrealismo tenebroso como un unicornio tamaño pony en formol del famoso Damien Hirst o una vajilla con bocas y dedos dispuesta en la mesa central. Salgo del interior para mirar a los dos camiones cisterna bailando. Sonrío y me voy hacia la noria. Es realmente inquietante que siga funcionando y que las personas puedan montarse y que, de hecho, decidan subirse y encima pagando (sí, por supuesto que me monto).

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Bajo y miro de nuevo la cola para entrar en el castillo post-apocalíptico pero sigue siendo demasiado larga. Miro a la otra cola donde la gente entra a un autobús pintado de negro donde solo se puede leer Cruel y Esta exhibición incluye material que algunas personas pueden encontrar traumático. Es la cola más larga. Me asomo y puedo ver un vídeo de un cerdo en un matadero y un maniquí con el uniforme de la policía antidisturbios. Me decido por la del castillo. Al llegar a la puerta hay una pantalla con el final en bucle de la película Cenicienta de Disney. Giro la esquina y me hacen una foto, giro otra y me encuentro en una gran sala con el suelo de arena, a oscuras y sólo iluminada por muchos flashes: Muestran a esa misma Cenicienta (aquella que se despedía feliz de sus seres queridos para irse con su amado) muerta sobre la carroza-calabaza volcada. Al salir, tienes la posiblididad de comprar por un módico precio tu foto con el accidentado carruaje para poder decir eso de yo estuve aquí.

Ninguna reivindicación queda olvidada en esta colección. Haciendo un repaso de artistas, hay más creadoras de lo que estoy acostumbrada a ver en (casi) cualquier exposición. Si no me equivoco, unas 22 mujeres frente a 27 hombres sin contar colectivos. Entro en la penúltima carpa donde hay cuatro stands: un sindicato de trabajo, una asociación en contra del abuso policial, otra enfocada al feminismo, y la otra… enseña a abrir los marcos de publicidad de las paradas de autobuses in situ. La última carpa que atravieso como un rayo está llena de pancartas de manifestaciones que recogen lemas que hacen referencia a la primavera árabe, feminismo, sindicatos, contra la crisis-estafa, a favor de la migración (“Migration is beautifull”), apoyo a la protesta social (“Si no estás indignado es que no estás prestando atención”) y una última incorporación: la figura de arena retratando al, por desgracia, ya famoso niño ahogado aparecido en la playa este verano. Toda esa carpa es un compendio de la lucha por los derechos humanos y la dignidad a través del mundo y las diferentes épocas, aunque centradas en las más recientes, y abierta a continuar agregando pancartas y lemas a la colección.

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Salgo cargada de energía para echar un rápido vistazo a la zona infantil, donde hay un minigolf ambientado en los desperdicios del mar y una casa de préstamos sólo para los más pequeños en el que si dan 5 libras, el mes que viene deberás a la casa de préstamos 50 libras. Lo habitual, vamos. Busco la salida (Exit Through the Gift Shop) repasando mentalmente la película de Banksy y salgo corriendo para poder coger el bus de vuelta a la realidad. En el bus hay un globo que me hace sonreír durante las 7 horas del viaje de vuelta: “I am an imbecile”.

Dismaland no lo ha conseguido, no ha conseguido deprimirme; todo lo contrario, he disfrutado como nunca antes del arte, la ironía, la transgresión y la reivindicación.

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P.D.: Durante las 5 semanas que ha durado han actuado diferentes artistas (comediantes, cantantes, DJs). El último día para cerrar el parque se presentó por sorpresa Damon Albarn cuando tocaba De La Soul para entonar el Feel Good Inc. y, con ello, anunciar un próximo regreso de la banda Gorillaz a los escenarios.

P.P.D.: Acabo de entrar en la página de Dismaland, al parecer van a trasladar todo el castillo y materiales sobrantes a Calais para que los refugiados que viven allí puedan construirse casas con las piezas enviadas. Un brillante broche final para esta tenebrosa fábula.

 

Texto: Laura G.N.
Fotografías: Laura G.N.

 

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Autor: mektres

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